El 1 de diciembre saldrá un libro que he escrito junto a Henry T. Edmondson III y John Thorburn, Twentieth-Century Sophocles. Flannery O'Connor and the Classical Tradition.
Lo edita Mercer University Press (aquí más información):
El 1 de diciembre saldrá un libro que he escrito junto a Henry T. Edmondson III y John Thorburn, Twentieth-Century Sophocles. Flannery O'Connor and the Classical Tradition.
Lo edita Mercer University Press (aquí más información):
Di con esta lectura de un pasaje de Los violentos lo arrebatan, la segunda novela de Flannery O'Connor. Me ha emocionado oírlo tan bien leído, aunque lo conocía bien. Es un pasaje impresionante (también con su punto de humor: me refiero al sandwich de manteca de cacahuete al revés), pero también tremendo, a su modo, sobre entregarse a un amor arrasador y violento o no.
Habla de Rayber, el padre de Bishop, un niño discapacitado, y describe lo que siente:
No es un terreno que conozca, el de la edición de obras y repercusión de la obra de Flannery O'Connor en la América en español. Tengo la sensación de que el lugar donde es más conocida es Argentina, por menciones aisladas que he ido viendo en Twitter: a juzgar por ellas, parece sobre todo una escritora de escritores, especialmente allí.
Ahora se publica una nueva traducción argentina, de Inés Garland, de Misterio y maneras. Prosa ocasional, en la editorial La parte maldita.
Están en acceso libre las cuarenta primeras páginas, con comentarios de la traductora, que estuvo dudando si traducir la obra por Misterio y modales, que es una opción muy válida también. Recogen ahí el texto entero de El rey de las aves.
Esta es la portada:
I don't think it was actually me [swimming]... It was God the whole time. I kept on praying, kept on praying. I said to God, I'll get baptized.
No creo que en realidad fuese yo [el que nadaba]... Fue Dios todo el tiempo. Seguí orando, seguí orando. Le dije a Dios: Me bautizaré.
En Señales, colección de relatos de Tim Gautreaux, el primero es Ídolos, en el que reúne a dos personajes de Flannery O'Connor en un mismo escenario: son Julian, el hombre que repara máquinas de escribir y que llevaba a su madre en el autobús de Todo lo que asciende tiene que converger y Obadiah J. Parker, el hombre recubierto de tatuajes de La espalda de Parker.
Es curiosa la lectura, aunque no le llega ni por asomo al nivel de Flannery O'Connor: atrevimiento no le falta, pero creo que sale derrotado Gautreaux. Es aleccionador sobre todo para observar la dificultad de llegar al nivel de intensidad narrativa que Flannery O'Connor volcó en toda su obra. Aquí lo que eran grandes dramas se convierte en un escenario, sureño sí, pero de problemas domésticos, de gentes que no se mueven por grandes planteamientos. Es como Flannery O'Connor pasada por Vida hogareña, de Marilynne Robinson. Hay un final que termina en alto, pero no alcanza a ser el momento de revelación de tantos cuentos de Flannery O'Connor.
Quizá es que yo no soy un observador objetivo. Leedlo por vuestra cuenta (en inglés está entero en línea).
Creo que es una manera muy original de describir el proceso de escribir, compararlo con el mito de Sísifo:
In my whole time of writing the only parts that have come easy for me were Enoch Emery and Hulga; the rest has been pushing a stone uphill with my nose (HB 241).
En todo mi tiempo de escritora lo único que me ha salido con facilidad fueron Enoch Emery [un personaje de Sangre Sabia] y Hulga [la protagonista de La buena gente del campo]: el resto ha sido empujar cuesta arriba una piedra con la nariz.
Estoy leyendo la traducción española de las reseñas de Flannery O'Connor y me ha llamado la atención lo que dice sobre El fenómeno del hombre, de Teilhard de Chardin y de un libro de Tresmontant sobre él:
Teilhard era víctima de una caricatura del cristianismo que aún prevalece en gran medida en la vida católica americana, que ve la perfección humana en el escape del mundo y de la naturaleza. Desde esta perspectiva la naturaleza se considera ya completada. Teilhard, redescubriendo el pensamiento bíblico, afirma que la creación sigue en plena gestación y que el deber del cristiano es cooperar con ella. La humanidad, escribió Teilhard, «está muy lejos de haber sido creada completamente ni en sus desarrollos individuales ni, sobre todo, en el término colectivo al que está dirigida…». Tresmontant señala que para Teilhard el ascetismo ya no «consiste tanto en liberarse y purificarse de la ‘materia’, como en espiritualizarla… en santificar y sobrenaturalizar la realidad que se nos ha dado ‘trabajando conjuntamente’ con Dios (89-90, con algunas correcciones mías de la traducción).
Aunque estuve solamente la primera mañana, asistí al Congreso que organizaron en la Universidad Complutense con ocasión del centenario del nacimiento de Flannery O'Connor.
Pude asistir a la conferencia plenaria de Henry T. Edmondson, una de las figuras de referencia sobre la escritora, que trató de su relación con Aristóteles y la contemplación.
A mí me tocó abrir con mi comunicación, titulada “Wise Blood: Seeing and blindness and parallels from Sophocles”, centrada en la primera novela de Flannery O'Connor. Quedé razonablemente contento.