domingo, 28 de junio de 2009

La Iglesia pecadora

Sigo releyendo a Flannery O'Connor (El hábito de ser, Salamanca, Sígueme, 2004, p. 243-4, carta a Cecil Dawkins, 9 de diciembre de 1958):

A la hora de responder a las preguntas de la gente sobre religión, la labia es el gran peligro. No responderé a las tuyas, porque tú misma puedes responderlas, pero te daré, por si te interesa, mi propia visión de ellas. Toda tu insatisfacción con la Iglesia me parece que deriva de una insuficiente comprensión del pecado. Tal vez te sorprenda porque eres muy consciente de los pecados de los católicos; no obstante, parece que lo que le pides es que la Iglesia traiga el reino de los cielos a la tierra ahora mismo, que el Espíritu Santo sea encarnado enseguida. El Espíritu Santo rara vez se muestra en la superficie de algo. Estás pidiendo que el hombre vuelva enseguida al estado en que Dios lo creó, estás dejando de lado el terrible orgullo que está en la raíz del hombre y que causa la muerte. Cristo fue crucificado en la tierra y la Iglesia es crucificada en el tiempo, y es crucificada por todos nosotros, más particularmente por sus miembros, porque la Iglesia es una Iglesia de pecadores.

Cristo nunca dijo que la Iglesia fuera actuar de forma inteligente o inmaculada, sino que no enseñaría algo erróneo. Esto no significa que un sacerdote no pueda enseñar algo erróneo, sino que la Iglesia toda, hablando a través del Papa, no enseñará nada erróneo en cuestiones de fe. La Iglesia está fundada sobre Pedro, que negó tres veces a Cristo y no pudo caminar sobre el agua por sí mismo. Tú esperas que sus sucesores caminen sobre el agua. Toda naturaleza humana se resiste vigorosamente a la gracia, porque la gracia nos transforma y el cambio es doloroso. Los sacerdotes se resisten a ella igual que los demás. Que la Iglesia sea lo que tú quieres requeriría la continua intervención de Dios en los asuntos humanos, mientras nuestra dignidad consiste en que se nos permite avanzar en mayor o menor grado con esas gracias que nos llegan mediante la fe y los sacramentos, y que actúan a través de nuestra naturaleza humana. Dios ha elegido actuar de esta manera. No podemos entenderlo, pero no podemos rechazarlo sin rechazar la vida.


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